lunes, 12 de marzo de 2012

ÁRBOL GENEALÓGICO

El señor X fue un joven apuesto que aspiraba la vida de un sorbo y la devolvía a bocanadas. Bohemio, mochilero, artista, tocó todas las teclas de su presente para vivir sus antojos. En su época universitaria ayudaba su maltrecha economía con trabajos esporádicos y donaciones, puntualmente semanales, de sus semillas seminales para bancos de semen. Luego, con los años, asentó la cabeza, como suele decirse de quienes espabilan con el tiempo, se rinden a los sobresaltos y se acogen a prolongadas temporadas de calma.

El señor X se casó años más tarde con la señora Y, olvidadas las crisis, con ocupaciones acomodadas y estables, como suele decirse de quienes se aburguesan cuando florecen las canas. X e Y no tuvieron hijos, desobedeciendo a la tradicional costumbre. Luego se supo que era ella quien no podía por infortunios de su matriz infantil. Sopesaron, con sus días y sus noches, adoptar un niño, aunque ella quería una niña. Mas los planes no cuajaron porque, por unas historias por aquí, otras por allá, discusiones por cualquier cosa y crispaciones a las primeras de cambio se fueron distanciando, como a quienes después de quererse mucho se les atenazan las emociones de frío y los músculos rehúyen esquivos los abrazos.

El caso es que X e Y acabaron por separarse, no sin sufrir durante meses las consecuencias, en ocasiones traumáticas, como quienes las padecen cuando quedan solos y sin referencias. El señor X retomó la vida como si empezara de nuevo, como asimismo hizo la señora Y. Fue a partir de este momento cuando X se ilusionó de nuevo, cuando descubrió a aquella joven cuyo atractivo y sensualidad le resultó irresistible. X intentó seducirla, empleando esas dotes que aún conservaba de Don Juan, como quienes desprenden esas energías soterradas durante tiempos inmemoriales y consiguen sus minutos de gloria.

Finalmente X conquistó a la joven, a la que desde ahora bautizo como XY. Fueron felices, como cuando los cuentos adornan la ventura con la ingestión de perdices. Pero, como en los argumentos tristes de las películas, o por la fatalidad que asoma más tarde o temprano, ella se puso muy enferma. De modo que XY se hizo pruebas y más comprobaciones hasta que le diagnosticaron una rara afección, una extraña patología que necesitaba de la generosa concesión de un donante. XY no tenía hermanos, ni primos, ni tíos que encontrara de ningún sitio y su madre falleció siendo ella una niña, antes de confesarle que hubo una feliz conexión entre su vientre y la ciencia.

El amoroso acompañante se hizo las certificaciones médicas pertinentes, hasta las más inimaginables consultas para ayudar a su reciente esposa. Por fin le alegraron el corazón al confirmarle que era compatible; pero a veces no hay júbilos duraderos, porque le acompañaba una impactante noticia. Su ADN así lo atestiguaba. Su mujer, su querida XY, era su hija. Esposa y vástaga.

Todo el mundo tiene su árbol genealógico, aunque nos perdemos a partir de las terceras generaciones. La sabia ciencia injerta sobre las ramas enjugadas con las mejores intenciones, pero la misteriosa ciencia también tiene leyes de confidencialidad, donde bajo ningún concepto se permite traspasar información reservada. Así, el órgano de un trasplante deberá permanecer en el eterno anonimato de quienes lo entregaron y lo recibieron. Igualmente en el recóndito misterio queda el semental y la mujer agraciada. Hay plantas genéticas que, de un plumazo, desaparecen de los mapas.

Por eso, en ocasiones como ésta, los injertos de la ciencia son envenenados y las ramas de los árboles genealógicos, entumecidas por las tristezas de sus portadores y por las buenas esperanzas de sus receptoras, se convierten en aviones de papel.

Música sugerida: AVIÖES DE PAPEL. Rodrigo Leao

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