miércoles, 18 de abril de 2012

CUENTA CONMIGO

Temporadas son de vivencias tenebrosas. Nadie sabe bien cómo acabará esta historia, parida por codiciosos y que nadie de nosotros inventó, que nos va poniendo los pelos de punta. Poco tiempo atrás, en esas páginas de los calendarios que aún no envejecieron lo suficiente, podíamos planificar algunas cosas. Proyectar planes a medio plazo, diseñar siluetas de sueños que retaran utopías…, para acomodarnos con confianza a los desafíos venideros.

Hoy eso ya no es posible. Demasiada programación y esfuerzo inútil es pensar en la semana que viene, porque nos invaden las noticias, como destellos de relámpagos, que anuncian avisos desagradables. Un Jefe de Estado de caza mayor cuyo accidente casual nos reveló su paradero, unos copagos sanitarios que no por no esperarlos nos tranquilizan, unos reajustes educativos que llevarán mil razones bajo el paraguas de la justificación, pero que se alejan de los ámbitos de la calidad y el sentido común.
Y mientras lo vientos azotan por aquí o por allá, en tanto la loca primavera nos depara tormentas o calores, la vida sigue para los demás mortales, para los que no hacemos ni ruido ni alboroto, para los que comentamos en voz baja cómo las agujas de los relojes cambian su dirección hacia atrás, no para detener el tiempo, sino para retrocederlo mientras envejecemos.

En estas circunstancias me apunto a la ternura, me afilio al beso y me entrego al abrazo. No opondré ninguna resistencia, ya me las minan los decretos y sus leyes. No ofreceré ninguna obstinación a la palabra sincera, a las miradas limpias, a los nobles gestos.

Cuando los silencios conviven con los susurros de desaprobación, cuando la inocencia de los desamparados concurre con los ávidos ladrones de guante blanco, -mercaderes de la avaricia-, reivindico la sencillez. Prefiero un beso a una tertulia, un guiño a una promesa aplazada y un encuentro a tantas palabras vacías. Así que, si sientes lo mismo que yo, cuenta conmigo. Pocas cosas importan ya, a estas alturas, que no sean tan necesarias. La amistad, el cariño, la sinceridad y el corazón, aunque también partido de sueños rotos, dispuesto para abrirlo, jamás para cerrarlo.

lunes, 2 de abril de 2012

SONRISAS EN LAS SOMBRAS

Hace ya tiempo le dijo mi padre a mi madre, y no lo volvió a repetir, esa frase pletórica de simpleza y sentido del humor que resume su existencia vital y que homenajea a su propia vida: “Si muero antes que tú no me pongas los zapatos negros, que me hacen daño”.

En tiempos donde las tinieblas ocultan la luces y los incendiarios avasallan desde el poder, como recordatorios del Ku-Kus-Klan, conservar la paciencia, recuperar la simpatía o reivindicar el humor, aunque sea negro, viene pero que muy bien.

Afloran ahora, que llega la primavera, tantos motivos para llevarse las manos a la cabeza que cualquier comentario superfluo que alimente la cordura, que rescate la sonrisa o invite a un guiño se agradece infinitamente.

Las noticias diarias indigestan estómagos, pervierten la tranquilidad y alteran las esperanzas a corto plazo. Parece que vuelven las épocas de vivir el día a día, porque pronunciar Mañana es un reto demasiado arriesgado para quienes están acostumbrados al control.

Ocurren a veces los milagros, pero al revés. Es fácil aspirar a que los sueños se cumplan de una vez y lo más rápidamente posible, pero sucede últimamente que lo que teníamos a la vista y tan a mano lo perdemos en media hora y los planes de varias décadas se vienen abajo en cien días.

Por eso cuando se escucha un recado, cuando se recibe un mensaje de tranquilidad escampan las nubes, por más que sea una leve ilusión. Hacía tiempo que no me decía nadie una frase tan determinante: “Estás oculto, nadie te ve, sal a la calle y muéstrate, con tus tonterías y miserias, pero no escondas lo que has sido ni lo que quieres. Utilizo mis influencias”.

Palabras, humor y sonrisas. Poco más puedo pedir a la vida a estas alturas, más cuando los días tiemblan, como palpitan los corazones, si ignoran horizontes despejados y las angustias taquicárdicas.

Así que no me oculté, salí a la calle y mostré mis tonterías y miserias, sin esconder lo que fui y lo que quiero. Hay veces que el valor de una carcajada es más intenso que el dolor de la impotencia. En cualquier caso, porque reír es más beneficioso que el llanto puse, a los malos tiempos, muy buena cara. Como cuando sonaban aquellas viejas y hermosas canciones, que nos hacían soñar en blanco y negro y los sabores salados se convertían en miel.

Música sugerida: SAPORE DI SALE. Gino Paoli