sábado, 26 de marzo de 2011

LA ALMENDRA PERDIDA

En mis tiempos mozos y en épocas de trabajos inestables solía trabajar en las faenas del campo, en esos períodos estivales. Recogida de frutas, la uva de vendimia, el cardón, la almendra y la oliva en enero. Recuerdo un día de septiembre y haciendo caer con el báculo las almendras de los árboles que las cobijaban, era necesario dar varias vueltas al arbusto para comprobar que no había quedado ninguna, que el árbol había quedado limpio y desnudas sus ramas; y el fruto desparramado por las sábanas de recogida.

Ese preciso día llegó el latinfundista, de cuyo nombre prefiero no acordarme, con su gorra de visera, su bastón imperial y su pastor belga para inspeccionar sus rendimientos. Se acercó a mi lugar, le dio tres vueltas al almendro, alzó su garrote hacia un vástago y me dijo: "ahí te has dejado una, repásalo otra vez". Y menos mal que sólo quedó una.

En la vida suelen pasar estas cosas cuando observamos en los demás sus faltas, no lo que ya han hecho. Ocurre muchas veces que no se valora el esfuerzo empleado, pero no falta nunca la crítica a la deficiencia encontrada, al defecto delatado, al desliz cometido.

Por experiencia sé que al igual que se llama la atención por un defecto evitable es bueno y reconfortante valorar positivamente lo realizado y bien hecho. Si se potencia el agasajo la crítica puntual es más llevadera.

De modo que, si después de revisar el almendro de arriba abajo, de derecha a izquierda en vueltas circulares, aún nos dejamos una almendrita escondida tras una rama, recogerla por favor. Se pueden recolectar doce kilos de un árbol, pero quedaron dos gramos olvidados.

¡Qué duros se hacen esos dos gramos para la conciencia! ¡Qué negligencia tan estúpida!

Esos dos gramos son, a veces, casi más importantes que los doce kilos, así por lo menos lo ve el granjero.

Por eso tiene mérito la vida cuando agradecemos las voluntades más que los rendimientos, cuando apreciamos mucho más el esfuerzo que el siempre perdonable descuido.

Siempre es mejor sentirse valorado, aunque se queden perdidas las almendras.

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