viernes, 27 de noviembre de 2009

LA PRUDENCIA

A veces pudiera parecer que soy un moralista y realmente no lo soy. Cada uno tiene su propia moral y sus principios. Estos supuestos dependen mucho más que de la formación, del bagaje educativo o social que hemos adquirido, bien del entorno familiar, bien de nuestra propia experiencia por éste tránsito que es la vida. Yo intento contar avezamientos personales y si alguien los recoge como consejos y le puede servir ya no quedan en saco roto.
Mis letras de hoy van referidas a los riesgos que corremos muchas veces en actividades cotidianas. Y nuestro peor enemigo, casi siempre, es nuestro exceso de confianza. Pensamos a menudo que controlamos la situación y que vamos sobrados, y realmente pienso que, aunque vayamos adquiriendo experiencia, deberíamos actuar siempre con la modestia de los aprendices.
Hace muchos años estuve en el Hospital de la Fe de Valencia como acompañante de un malherido hermano. Durante tres largos meses tres familiares nos rotábamos en las desesperantes guardias de compañía. Un accidente de tráfico destrozó su columna vertebral pero salió de allí. Y salió andando, maltrecho de por vida por una paresia crónica pero regresó a casa por su propio pie.
Sin embargo no todos los enfermos que en aquella estancia conocí corrieron la misma suerte. En la planta de pacientes medulares observé de cerca cómo puede cambiar la vida en un abrir y cerrar de ojos. Tetrapléjicos, parapléjicos, pacientes encamados sin esperanza, familiares sin consuelo y una interminable tristeza agónica.
Pude comprobar cómo se establecían entre los lisiados distintas categorías según su grado de invalidez. De manera que los que peor se encontraban envidiaban a los que tenían una patología menor, y los menos graves se cosolaban al observar las vidas dantescas que a algunos les esperaba.
De modo que diferencié tres clasificaciones de pacientes en esa planta hospitalaria: los que saldrían de allí a pie, ayudados por muletas o andadores, los que lo harían en silla de ruedas, o los que volverían encamados para siempre. Y comprendí qué distancia tan mísera y pequeña puede decidir los destinos de unos y otros. Un simple milímetro más para allá que para acá libera o condena. La caprichosa suerte o eso que llamamos el azar puede decidir por nosotros.
Todos los accidentes son evitables. Ocurren por despropósitos. Exceso de confianza, alta velocidad, conducción distraída, alcohol, sustancias que alteran nuestro supuesto dominio...Surge en ocasiones un imprevisto, un animal que se cruza, un vehículo averiado y cruzado, una retención, un desprendimiento, cualquier cosa. Pero como hay que contar con los imprevistos extrememos la prudencia y a menor velocidad mayor capacidad de control.
Lanzarse a una piscina o a una poza sin medir la profundidad, escalar una pared sin el material adecuado, cruzar una calle sin mirar, caminar descuidados en caminos emboscados. Toda prudencia es poca si queremos seguir contando las cosas y vivir más años.
Así que, por favor, si subís a un coche, hacéis deporte de aventuras, trabajáis sin buenas condiciones laborales o simplemente camináis, poner a funcionar todos vuestros sentidos y activar vuestro sistema de alerta. Y que nos sigamos encontrando por los caminos empedrados o, en este blog, El diván del Desencanto.
Música sugerida: TAJABONE. Ismael Lo.

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